La Coatlicue, la diosa suprema

La madre de todos los dioses de la cultura azteca, la señora de la falda de serpientes.

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Dentro de la cultura azteca existen varias deidades a las que se les rindió gran veneración, pero la máxima de todas es la Coatlicue.

¿Quién fue la Coatlicue?

De acuerdo con la mitología azteca, la Coatlicue era la diosa de la tierra, fertilidad, de la vida y de la muerte.

Era la esposa de Mixcoatl, la serpiente de las nubes y dios de la persecución y madre de Coyolxauhqui y los los cuatrocientos surianos Centzon Huitznáhuac.

 Coyolxauhqui

Cuenta la leyenda que un día al barrer su casa, la Coatlicue estaba barriendo su casa y cayo del cielo una bola de plumas las cuales le tocaron el vientre, en ese momento quedó embarazada.

Al darse cuenta del embarazo, sus hijos intentaron asesinarla por iniciativa de Coyolxauhqui al considerar deshonroso ese embarazo, sin embargo la Coatlicue dio a luz a Huitzilopochtli, quien nació armado y protegió a su madre asesinando a todos sus hermanos, quienes se convirtieron en estrellas, mientras que a su hermana la decapitó y arrojó su cabeza al sol, convirtiéndose así en la luna.

Así, Huitzilopochtli fue el dios del sol y de la guerra.

La representación de la Coatlicue

La imagen de Coatlicue es bellamente terrorífica.

Lo que destaca de inmediato es lo que le da nombre a esta diosa: su falda de serpientes.

Asimismo carece de cabeza y en su lugar se encuentran dos cabezas de serpiente que se encuentran, en lugar de pies y manos tiene garras, trae puesto un collar con corazones, manos y un cráneo, mientras que sus pechos caídos son muestra de haber amamantado a todos sus hijos, muestra de su fertilidad.

“Coatlicue tiene en los mitos aztecas una importancia especial porque es la madre de los dioses, es decir, del Sol, la Luna y las estrellas. … El arte azteca, al representar a esta diosa con toda la originalidad bárbara de un pueblo joven y enérgico, realizó una obra maestra. La colosal estatua de Coatlicue del Museo Nacional supera en fuerza expresiva a las creaciones más refinadas de pueblos que, como el maya, concebían a la vida y a los dioses en una forma más serena”, señala al respecto el arqueólogo mexicano.

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El hallazgo de la Coatlicue y su ir y venir

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Con la llegada de los españoles y la caída de Tenochtitlán se buscó acabar con todos los símbolos e imágenes de los aztecas para lograr la Conquista absoluta y su evangelización.

Por ello las construcciones y esculturas mexicas quedaron literalmente enterradas.

Así, el 13 de agosto de 1790 se encontró la máxima representación de la Coatlicue: un monolito de 24 toneladas de pesos y 2.5 metros de altura.

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El hallazgo se realizó en el corazón de la Ciudad de México, a un costado del Zócalo capitalino en lo que hoy sería el cruce de las calles Pino Suárez y Corregidora, en una zona contigua al Palacio Nacional

El descubrimiento no causó júbilo en ese entonces, sino todo lo contrario, hay que recordar que eran tiempos de la Nueva España.

Por este motivo el monolito fue enterrado en la Universidad Pontifica de la Ciudad de México, siendo desenterrado en 1804 por petición de Alexander von Humboldt, sí “El Padre de la Geografía”.

Alexander-von-Humboldt

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Y es que el científico alemán visitó la Nueva España como parte de sus expediciones y quiso conocer la Coatlicue y el Calendario Azteca.

Tras esto volvió a ser enterrada pues se temía que los indígenas la veneraran de nuevo.

Ya en 1830, durante los primeros años del México independiente fue desenterrada y colocada a un costado de la Catedral.

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Sin embargo durante el imperio de Maximiliano de Habsburgo se mandó resguardar en la Casa de Moneda y tiempo después fue llevada al Museo Nacional de las Culturas.

El ir y venir de la Coatlicue terminó en 1964, año en que fue colocada de manera definitiva en el Museo Nacional de Antropología en la capital del país, en donde continúa maravillando a miles de personas.